La ciudad salvaje

Pasajero- ¿Alguna vez sintió el impulso de abandonar la ciudad e introducirse en la naturaleza salvaje?

Taxista – Si, siempre que quedo atrapado en un embotellamiento de tráfico, sin pasajero, violado por cien bocinas… Pero no pasa de un ataque de furia contra la humanidad. Nunca pensé seriamente en dejar la ciudad. Para eso necesitaría mucha plata. Para mí es imposible. Apenas me alcanza para una escapada de fin de semana, no tengo campo, ni quinta, ¿dónde voy a ir?

Pasajero – No me refiero a mudarse a una casa en un entorno natural para disfrutar más relajadamente de los productos de la civilización, leyendo el diario con pajaritos de fondo, sino a algo más extremo, a volver a la naturaleza salvaje.

Taxista – ¿Qué quiere decir? No entiendo, ¿qué debería hacer? ¿Estacionar el taxi, despedir a mi familia, sacarme la ropa y caminar hacia la pampa húmeda? ¿Qué voy a comer?

Pasajero – No, no me refiero a eso tampoco.

Taxista – Su pregunta me recuerda a una película que enganchamos el fin de semana con mi hija; trataba de un loco que deja la universidad para hacerse linyera y termina viviendo en una camioneta abandonada en la mitad de la nada, en Alaska.

Pasajero – Si, una película muy buena, dirigida por Sean Peen, se llama “Into the Wild” o “Hacia las rutas salvajes”. Yo la interpreté como una búsqueda espiritual, de un joven de familia acomodada que decide desprenderse de todo lo que considera artificial, de toda “la boludez”, de las cosas materiales y los prejuicios sociales, y salir a las rutas buscando algo más puro. ¿Sabía que está basada en una historia real?

Taxista – ¿Existió ese tipo? No sabía, pobre… tuvo huevos pero, al fin y al cabo, no encontró nada.

Pasajero – Si, se llamaba Christopher. Supongo que fue feliz por un tiempo, que vivió situaciones extremas, que logró desaprender muchas cosas y aprender otras.

Taxista- ¿Le parece? ¿Qué aprendió?

Pasajero- Bueno, primero aprendió a vivir de la caza, la pesca y la recolección.

Taxista – Si, hasta que se comió una planta venenosa. Y además fijese que no había cortado todos los lazos con la civilización, cazaba con un rifle de puta madre, dormía acurrucado en una camioneta y escribía cartas para su hermana expresando las mismas preocupaciones que el resto de los mortales.

Pasajero – Claro que seguía utilizando tecnologías para sobrevivir. Probablemente no era fan de las cucharas para servir helado o los pinches para choclos pero sería una estupidez intentar matar un ciervo a puño limpio. En esa experiencia extrema descubrió precisamente su propia naturaleza humana, su condición de animal tecnológico.

Taxista – Si. Pero si la jugaba de independiente debería haberse armado sus propios instrumentos, arco y flecha, carpa de pieles. Al fin y al cabo, seguía dependiendo de cosas inventadas y construidas por otros.

Pasajero – Eso es inevitable. Precisamente esa es otra de las cosas que aprendió, que las ideas de “independencia” y “autosuficiencia” son sólo ideas artificiales de nuestra civilización. Nunca somos independientes, ni de los otros, ni de nuestro entorno, ni de nosotros mismos. Sólo podemos desarrollarnos y ser felices en relación con otros, ya que el hombre es también un animal social.

Taxista – ¿Por qué insiste en que somos animales? Yo me considero un cristiano.

Pasajero- Me refiero a que no somos hongos o plantas, pertenecemos al reino animal, somos un organismo celular muy parecido a un perro. Tenemos la capacidad de movernos para satisfacer nuestras necesidades, nos alimentamos, respiramos, nos reproducimos…

Taxista- Todo lo que dice me hace acordar a la escuela.

Pasajero- No es casual que usted asocie lo que digo con una teoría abstracta. Ahora está respirando y la sangre circula por su cuerpo, pero le parece algo muy lejano. ¿Por qué? Porque nuestra experiencia en la ciudad nos ciega a esta dimensión animal u orgánica. Por suerte nuestros órganos son independientes de nuestra conciencia para funcionar.

Taxista- Usted está más loco de lo que creía. No sé dónde quiere llegar pero aquí estamos. ¿Lo dejo en la esquina?

Pasajero- Bueno, dejamos acá entonces. Detrás del Fiat está bien. ¿Cuánto le debo?

Taxista- 55 pesos.

¿Qué opinan ustedes? ¿Alguna vez sintieron el impulso de abandonar la ciudad y sumergirse en la naturaleza salvaje? ¿Es esto posible?

 

 

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